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Intermedio

Por: Jotamario Arbeláez
Mujeres perversas
No se puede negar
que la mujer es uno de los entes más bellos que coexisten sobre
la tierra, a la altura de la rosa y del diamante, que la
enternecen. Con el prestigio de ser madres, son además
detentadoras de la abnegación y de la dulzura. Y, cuando eran
“el sexo débil”, se hicieron el objeto cortés de los cantos
atiplados de trovadores y del suicidio de corazones románticos.
Otras se fueron convirtiendo —con o sin su concurso— en el
objeto sexual de amantes desaforados. O en el anacrónico objeto
de palizas de machos inadecuados. Las debiluchas, hastiadas de
ese calificativo tan ‘objetivo’ y, apoyadas en la fuerza
arrolladora de la liberación femenina, se constituyeron en un
sexo tan o más fuerte que el de su oponente complementario. Ya
ni necesidad tienen de vender su cuerpo, luego de hacer valer su
talento. Se han hecho con el gobierno de naciones de hierro, y
exigen pareja participación en administraciones a la corrupción
proclives. Y en trabajos de todo tipo, en lugar del tipo. Y,
cuando no están en palacio o en la calle, en
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el hogar son las que llevan los pantalones y ejercen vitalicias la presidencia.
Pese a las advertencias de los doctores de la Iglesia y de sabios y prestigiosos
pensadores, novelistas, filósofos y psicólogos no necesariamente misóginos, las
féminas terminaron por imponerse, y el cavernario que no acate puede sufrir la
pena de la indiferencia muda y/o la castración de servicios. Esto es, que con la
toma del poder temporal por parte del eterno femenino, no desaparece la tiranía
sino que cambia de tono. Muere la posibilidad de la controversia, porque el que
pretende argumentar contra el feminismo es ponchado con el terminante término de
“machista”, una de las peores categorías de “terrorista”.
Pero no todo está perdido para quienes aman tanto a las mujeres (incluyendo a la
suya propia) que quieren quitarles la razón, que las perjudica. Y volver a
ponerlas en su sitial de honor que es la adoración; no el debate con la diosa,
que sólo con abrir la boca deja de serlo. Nadie aguanta una diosa cantaletosa.
Un refuerzo providencial ha llegado en forma de libro, no escrito por uno de
esos monstruos citados, sino por una estudiosa del comportamiento femenino a
través de libros sagrados, históricos, la literatura de ficción, las leyendas y
sus experiencias personales. Ella se llama Susana Castellanos, y su libro,
“Mujeres perversas de la historia”.
Las crónicas registran más hombres
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perversos que mujeres, dado su manejo tradicional del rol público. Pese
a ello, sentencia nuestra audaz autora —y no somos nadie para
contradecirla—: “Yo me atrevería a decir que han sido peores, porque
después de recorrer la historia de mujeres malvadas te das cuenta de que
hay una tendencia de hacer de un problema personal un problema
político.” Manes de Juana la Loca.
Narra las crueles intimidades de mujeres fatales como Judith, que le
cortó la cabeza a Holofernes después de emborracharlo y apapacharlo;
Lucrecia Borgia —hija del papa Alejandro VI y amante de César, su
hermano—, que envenenaba con el anillo; Isabel la Católica, que mandó a
la hoguera a dos mil personas y expulsó árabes y judíos para
congraciarse con el papado; Elizabeth Bathory, la condesa sangrienta,
que se bañaba en sangre de vírgenes para conservar su piel rozagante; la
reina Margot, que andaba con los corazones de sus amantes sacrificados
en los bolsillos; Ilse Koch, la criminal nazi, que se mandaba hacer
abrigos y monederos con la piel de su victimados; Lou Andreas Salomé,
que casi enloqueció a los tres genios que tuvo al tiro, Nietzsche, el
filósofo, Rilke, el poeta y Freud, el psiquiatra; la viuda negra de la
mafia Giselda Blanco, que con sus propias manos les dio bala a sus tres
maridos.
No han cambiado los tiempos. Basta haber visto en la televisión el
programa “Mujeres asesinas”. Hasta susto daba meterse en la cama.
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