Bogotá, Colombia -Edición: 1003

 Fecha: Domingo 27-09-2026

Página 9

 

    

\\ OPINIÓN //

 

 

 

EDITORIAL

 

 

Platanal cafetero

 

La actual historia de Colombia es la historia de la industria cafetera. El cafetal, la actividad rural del sector campesino, su organización empresarial, comercial y financiera que identifica a Colombia, con el aroma del café, que producen sus montañas y valles, la cultura del olor a Colombia, hacen que la memoria humana identifique con el olfato esa fragancia de la selva húmeda tropical andina, lugar del aroma que anima el despertar en la mañana.

Aroma, bálsamo, leño, hierba de fragancia flotando en el adiós, la historia del tango de arrieros y mulas: “la esquina del herrero, barro y pampa, tu casa, tu vereda y el zanjón y un perfume de yuyos y de alfalfa que me llena de nuevo” durante la vigilia y el sueño, olor intenso y delicado ante quien se inclinan el incienso y la mirra, aroma de la tasa humeante que emana del fuego cafetero, ha permeado las entrañas del niño nacido en Colombia durante las décadas de la bonanza cafetera.

En la quema de maderas, gomas y resinas aromáticas mezcladas con aceites vegetales, grasas animales y flores, a través del humo se prodiga esencia de canela al cacao y a la panela. Es el arte de la cultura artesanal del montañero que habita la majestuosidad de los pisos térmicos, en el que las casas lugareñas encienden el fogón para preparar el tinto y esparcir el perfume del café desde la cocina a todas las habitaciones de la casa, el aroma del café matutino. El encendido de la memoria, la energía para enfrentar el día.

Se ha demostrado que el sentido del olfato se conecta de forma directa y única con el sistema límbico del cerebro, el área encargada de las emociones y la memoria. La cafeína es un estimulante de neurotransmisores, dopamina, noradrenalina y adrenalina que impiden al cerebro sentir fatiga, mejora la concentración, reduce el tiempo en las tareas cognitivas, generando la sensación pasajera de bienestar y energía.

Después del tinto matutino, llega la hora del tinto de media mañana, el ritual sagrado y democrático, la pausa para el descanso laboral, el catalizador social que permite conectar con uno mismo o con los demás, revisar cómo va el día y cerrar el trato informal de si se almueza sólo o en compañía y después del almuerzo, el tinto de la digestión y de la pesadez estomacal de las noticias del medio día.

Al caer la tarde, la sombra del cansancio intenta apoderarse del cuerpo y la mente, el bajón de energía, la necesidad de un segundo aire, otra dosis de café, caminar rumbo a la cafetera, o a la olleta, a un encuentro de diez minutos con uno mismo, con parientes o colegas, chismosear, arreglar el mundo y terminar con lo que cada uno hace según puede, con la certeza social de que en las casas donde duermen los habitantes del platanal cafetero de Colombia, las gentes sueñan y despiertan en paz.

Otra de las atrocidades de la guerra es el mal olor a pólvora, a incendio sin control, a quema de mortecino, a moho de sudario de espanto blanco, a ácido sulfúrico demoniaco que quema, irrita, causa ceguera y envenena de odio la casa que solía estar habitada por perfume de mujer y hombre que al rayar el día madrugan a vivir. La matanza huele mal en las fronteras y al interior del lindo cafetal.

 

 

 

 

 

Nos crían como polluelos para luego asarnos al carbón

 

Por: Zahur Klemath Zapata

zapatazahurk@gmail.com  

 

Somos una sociedad sin conciencia colectiva, somos como el pollo de Stalin que despluma y regresamos donde el verdugo que nos revise si aún nos quedan plumas.

Lo que está pasando por todos lados es una clara imagen que la sociedad acepta todo tipo de genocidio. Seguimos nuestras vidas como si lo que pasó o está pasando es un problema del que lo está viviendo. No se nos está mojando los pies, así que no hay porqué preocuparnos.

La sociedad no ha evolucionado en cuanto a conciencia de existencia. Porque aún conservamos la misma piel que cubrimos con vestimenta. Y esto nos hace aislarnos frente al frío que otros sufren.

La National Geographic Magazine confirma lo que predije en 2013 que la población del planeta comenzaría a disminuir a partir del 2023. Esta disminución no es tanto por los crímenes que los Estados cometen contra otras sociedades sino por razones de desgaste evolutivo.

En estos últimos 120 años se han asesinado y muerto por epidemias más de 500 millones de personas. Y parece que no se notará esta disminución de habitantes. Pero la realidad es que entramos en un nuevo ciclo de giros que no tienen reversa y que esa conciencia colectiva es igual a la individualidad que todo ser humano tiene como protección frente a los avatares de la vida.

Nuestras sociedades están formadas como pollos que van en dirección al asadero y no hay conciencia de ello. Los “líderes”, los asesinos de la sociedad están ahí como el agente 007 con licencia para matar. Y esas películas de la vida real nos entretienen y pensamos que está pasando lo correcto. Los de abajo tiran piedras y queman banderas y luego se refugian en los escombros.

El poder no lo tiene la sociedad, ella tiene solo la capacidad de pagar impuestos para que los jefes de Estado decidan según su criterio lo que se debe hacer o no. Al final hay muertos y la inversión previa en armamento ya tiene sentido porque ya sabemos para qué sirven las armas que se usaron. Esto es una simbiosis entre el Estado, los fabricantes de armas y los negociantes del terror.

Todos tienen miedo a una guerra atómica, aunque esté muy desquiciado el gobernante de turno él quiere perpetuarse y así sentirse más glorificado. La muerte es el fin de un reinado y una era. Pero siempre hay un empollamiento que comienza a gestarse si las nuevas generaciones lo permiten.

En los próximos 5 años se van a definir la realidad para donde va este mundo, La tecnología, el IT y la economía, más la lucha de identidad de la sociedad van a abrir nuevas puertas que nuestros antepasados ni siquiera lo pensaron.

 

 

 

 

QUÉ LEE GARDEAZÁBAL

 

Manuel Murillo Toro

 

de Fernando Osorio Cuenca

 

Audio: https://www.youtube.com/watch?v=DY4Z_Yi5L64

 

Chaparral, tan de moda en este momento por sus hasta ahora inexplicables seguidillas de temblores, ha sido una tierra generadora de guerreros pijaos, de gobernantes ejemplares y de orientadores de la patria en distintos momentos de su historia.

Desde el cacique Calarcá, máximo jefe de los guerreros pijaos a la llegada de los españoles, hasta José Maria Melo, el primer golpista en llegar a la presidencia.

Desde Manuel Murillo Toro, el gran transformador de la república hasta Darío Echandía, el maestro de maestros. Desde el sacrificado Alfonso Reyes, magistrado presidente de la Corte masacrado en la retoma del Palacio de Justicia, hasta Alfonso Gómez Méndez, quien todavía sienta cátedra judicial y de principios liberales.

Todos ellos y muchos más nacieron y se forjaron en esa singular ciudad del sur del Tolima. Uno de esos ejemplos de lo que da la tierra del Amoyá, el exgobernador Fernando Osorio Cuenca, gran líder cafetero nacional, y ejercitante de una prosa fácil, suelta y accequible, acaba de publicar una biografía sabiamente resumida de Manuel Murillo Toro, el singularísimo presidente que tuvimos los colombianos orientando a lo largo de su vida la estructuración de las normas que aún nos rigen, ya fuera como presidente, como ministro, como senador, como embajador o como periodista seguido y leído.

El libro resume de manera elegante y coordinada los orígenes chaparralunos de Murillo, su repello político y económico en el Estado soberano de Santander y su decoración y profesionalización como humanista siendo embajador rechazado en Paris y eficiente diplomático en Washington.

A lo largo entonces de los pivotes sobre los cuales la modestia de Murillo levantó su propio mito y entronizó el fatídico período del Olimpo Radical, el exgobernador Osorio consigue establecer los fundamentos para que los lectores de 150 años después respetemos la figura de Murillo, anhelemos que exista en Colombia alguien que sin empuñar un arma consiguió recuperar el respeto por la república y, en especial que finalmente fue el único que atajó al general Mosquera en su continuada y despótica manera de gobernar a Colombia como su finca privada, pues fue él, Manuel Murillo Toro, quien lo acusó ante el senado y consiguió su destitución.

Septiembre 26 del 2026.

 

 

 

 

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