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EDITORIAL
Platanal
cafetero
La actual historia de Colombia
es la historia de la industria cafetera. El cafetal, la
actividad rural del sector campesino, su organización
empresarial, comercial y financiera que identifica a Colombia,
con el aroma del café, que producen sus montañas y valles, la
cultura del olor a Colombia, hacen que la memoria humana
identifique con el olfato esa fragancia de la selva húmeda
tropical andina, lugar del aroma que anima el despertar en la
mañana.
Aroma, bálsamo, leño, hierba de fragancia flotando en el adiós,
la historia del tango de arrieros y mulas: “la esquina del
herrero, barro y pampa, tu casa, tu vereda y el zanjón y un
perfume de yuyos y de alfalfa que me llena de nuevo” durante la
vigilia y el sueño, olor intenso y delicado ante quien se
inclinan el incienso y la mirra, aroma de la tasa humeante que
emana del fuego cafetero, ha permeado las entrañas del niño
nacido en Colombia durante las décadas de la bonanza cafetera.
En la quema de maderas, gomas y resinas aromáticas mezcladas con
aceites vegetales, grasas animales y flores, a través del humo
se prodiga esencia de canela al cacao y a la panela. Es el arte
de la cultura artesanal del montañero que habita la
majestuosidad de los pisos térmicos, en el que las casas
lugareñas encienden el fogón para preparar el tinto y esparcir
el perfume del café desde la cocina a todas las habitaciones de
la casa, el aroma del café matutino. El encendido de la memoria,
la energía para enfrentar el día.
Se ha demostrado que el sentido del olfato se conecta de forma
directa y única con el sistema límbico del cerebro, el área
encargada de las emociones y la memoria. La cafeína es un
estimulante de neurotransmisores, dopamina, noradrenalina y
adrenalina que impiden al cerebro sentir fatiga, mejora la
concentración, reduce el tiempo en las tareas cognitivas,
generando la sensación pasajera de bienestar y energía.
Después del tinto matutino, llega la hora del tinto de media
mañana, el ritual sagrado y democrático, la pausa para el
descanso laboral, el catalizador social que permite conectar con
uno mismo o con los demás, revisar cómo va el día y cerrar el
trato informal de si se almueza sólo o en compañía y después del
almuerzo, el tinto de la digestión y de la pesadez estomacal de
las noticias del medio día.
Al caer la tarde, la sombra del cansancio intenta apoderarse del
cuerpo y la mente, el bajón de energía, la necesidad de un
segundo aire, otra dosis de café, caminar rumbo a la cafetera, o
a la olleta, a un encuentro de diez minutos con uno mismo, con
parientes o colegas, chismosear, arreglar el mundo y terminar
con lo que cada uno hace según puede, con la certeza social de
que en las casas donde duermen los habitantes del platanal
cafetero de Colombia, las gentes sueñan y despiertan en paz.
Otra de las atrocidades de la guerra es el mal olor a pólvora, a
incendio sin control, a quema de mortecino, a moho de sudario de
espanto blanco, a ácido sulfúrico demoniaco que quema, irrita,
causa ceguera y envenena de odio la casa que solía estar
habitada por perfume de mujer y hombre que al rayar el día
madrugan a vivir. La matanza huele mal en las fronteras y al
interior del lindo cafetal.

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Nos crían como
polluelos para luego asarnos al carbón

Por: Zahur
Klemath Zapata
zapatazahurk@gmail.com
Somos una sociedad sin conciencia colectiva, somos como el pollo
de Stalin que despluma y regresamos donde el verdugo que nos
revise si aún nos quedan plumas.
Lo que está pasando por todos lados es una clara imagen que la
sociedad acepta todo tipo de genocidio. Seguimos nuestras vidas
como si lo que pasó o está pasando es un problema del que lo
está viviendo. No se nos está mojando los pies, así que no hay
porqué preocuparnos.
La sociedad no ha evolucionado en cuanto a conciencia de
existencia. Porque aún conservamos la misma piel que cubrimos
con vestimenta. Y esto nos hace aislarnos frente al frío que
otros sufren.
La National Geographic Magazine confirma lo que predije en 2013
que la población del planeta comenzaría a disminuir a partir del
2023. Esta disminución no es tanto por los crímenes que los
Estados cometen contra otras sociedades sino por razones de
desgaste evolutivo.
En estos últimos 120 años se han asesinado y muerto por
epidemias más de 500 millones de personas. Y parece que no se
notará esta disminución de habitantes. Pero la realidad es que
entramos en un nuevo ciclo de giros que no tienen reversa y que
esa conciencia colectiva es igual a la individualidad que todo
ser humano tiene como protección frente a los avatares de la
vida.
Nuestras sociedades están formadas como pollos que van en
dirección al asadero y no hay conciencia de ello. Los “líderes”,
los asesinos de la sociedad están ahí como el agente 007 con
licencia para matar. Y esas películas de la vida real nos
entretienen y pensamos que está pasando lo correcto. Los de
abajo tiran piedras y queman banderas y luego se refugian en los
escombros.
El poder no lo tiene la sociedad, ella tiene solo la capacidad
de pagar impuestos para que los jefes de Estado decidan según su
criterio lo que se debe hacer o no. Al final hay muertos y la
inversión previa en armamento ya tiene sentido porque ya sabemos
para qué sirven las armas que se usaron. Esto es una simbiosis
entre el Estado, los fabricantes de armas y los negociantes del
terror.
Todos tienen miedo a una guerra atómica, aunque esté muy
desquiciado el gobernante de turno él quiere perpetuarse y así
sentirse más glorificado. La muerte es el fin de un reinado y
una era. Pero siempre hay un empollamiento que comienza a
gestarse si las nuevas generaciones lo permiten.
En los próximos 5 años se van a definir la realidad para donde
va este mundo, La tecnología, el IT y la economía, más la lucha
de identidad de la sociedad van a abrir nuevas puertas que
nuestros antepasados ni siquiera lo pensaron.
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QUÉ LEE GARDEAZÁBAL
Manuel Murillo
Toro
de Fernando Osorio Cuenca
Audio:
https://www.youtube.com/watch?v=DY4Z_Yi5L64
Chaparral, tan de moda en este
momento por sus hasta ahora inexplicables seguidillas de
temblores, ha sido una tierra generadora de guerreros pijaos, de
gobernantes ejemplares y de orientadores de la patria en
distintos momentos de su historia.
Desde el cacique Calarcá, máximo jefe de los guerreros pijaos a
la llegada de los españoles, hasta José Maria Melo, el primer
golpista en llegar a la presidencia.
Desde Manuel Murillo Toro, el gran transformador de la república
hasta Darío Echandía, el maestro de maestros. Desde el
sacrificado Alfonso Reyes, magistrado presidente de la Corte
masacrado en la retoma del Palacio de Justicia, hasta Alfonso
Gómez Méndez, quien todavía sienta cátedra judicial y de
principios liberales.
Todos ellos y muchos más nacieron y se forjaron en esa singular
ciudad del sur del Tolima. Uno de esos ejemplos de lo que da la
tierra del Amoyá, el exgobernador Fernando Osorio Cuenca, gran
líder cafetero nacional, y ejercitante de una prosa fácil,
suelta y accequible, acaba de publicar una biografía sabiamente
resumida de Manuel Murillo Toro, el singularísimo presidente que
tuvimos los colombianos orientando a lo largo de su vida la
estructuración de las normas que aún nos rigen, ya fuera como
presidente, como ministro, como senador, como embajador o como
periodista seguido y leído.
El libro resume de manera elegante y coordinada los orígenes
chaparralunos de Murillo, su repello político y económico en el
Estado soberano de Santander y su decoración y
profesionalización como humanista siendo embajador rechazado en
Paris y eficiente diplomático en Washington.
A lo largo entonces de los pivotes sobre los cuales la modestia
de Murillo levantó su propio mito y entronizó el fatídico
período del Olimpo Radical, el exgobernador Osorio consigue
establecer los fundamentos para que los lectores de 150 años
después respetemos la figura de Murillo, anhelemos que exista en
Colombia alguien que sin empuñar un arma consiguió recuperar el
respeto por la república y, en especial que finalmente fue el
único que atajó al general Mosquera en su continuada y despótica
manera de gobernar a Colombia como su finca privada, pues fue
él, Manuel Murillo Toro, quien lo acusó ante el senado y
consiguió su destitución.
Septiembre 26 del 2026.

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