Bogotá, Colombia -Edición: 971

 Fecha: Domingo 28-06-2026

 

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COLUMNISTAS

 

 

 

EL SENDERO DEL DHARMA

 

 

Por: Gongpa Rabsel Rinpoché

 

Las Razones del Sufrimiento Según el Budhismo: Una Reflexión para la Vida Moderna

 

En un mundo acelerado donde el estrés y la insatisfacción parecen omnipresentes, el budismo ofrece una perspectiva profunda sobre las raíces del sufrimiento humano. Inspirado en una imagen viral que resume seis causas principales del "dukkha" —el término pali para sufrimiento—, exploramos cómo estas ideas ancestrales pueden aplicarse hoy. El budhismo, fundado por Siddhartha Gautama hace más de 2.500 años, enseña que el sufrimiento no es inevitable, sino que surge de nuestra mente y puede mitigarse mediante la conciencia y la aceptación.

La primera razón es el deseo de controlarlo todo. En la doctrina budhista, esto se relaciona con la ilusión del ego. Queremos dominar eventos, personas y resultados, pero la realidad es impermanente (anicca). Como explica el Dalai Lama, "el apego al control genera frustración porque nada es estático". En la era digital, donde las redes sociales amplifican esta necesidad, liberarnos implica practicar el mindfulness para observar sin intervenir.

En segundo lugar, anhelamos que las cosas sean como las imaginamos, no como son. Esto evoca la Segunda Noble Verdad: el origen del sufrimiento es el deseo (tanha). Ignoramos la realidad, creando expectativas irreales que chocan con la vida. Por ejemplo, en relaciones o carreras, esta discrepancia genera dolor. El budismo propone la ecuanimidad: aceptar lo que es, como en la meditación vipassana, que entrena a ver las cosas con claridad.

Tercero, aferrarnos a lo imposible. El apego (upadana) es central en el budismo; nos atamos a ideas, objetos o relaciones efímeras. Buda enseñó que todo cambia, y resistirlo es como aferrarse a un río en movimiento. Historias como la del monje que pierde su cuenco ilustran que soltar trae paz.

Cuarto, lamentar el pasado. Desear alterarlo es futile, ya que el tiempo es irreversible. El budhismo enfatiza el presente: "El pasado es un sueño, el futuro una ilusión", dice un

 

 

 

proverbio. Técnicas como la meditación metta ayudan a perdonarse y avanzar.

 

Quinto, imponer nuestras expectativas en otros. Queremos que sean como nosotros, ignorando su autonomía. Esto viola el principio de la interdependencia (pratityasamutpada). La compasión (karuna) es la antídoto: entender que cada uno tiene su karma.

 

Sexto, no aceptarnos tal como somos. La autoaceptación es clave; el budhismo critica el autoengaño. Prácticas como el zen fomentan la autoobservación sin juicio.

En resumen, estas razones convergen en vivir en la mente, perdiendo el presente. Budha lo resumió en las Cuatro Nobles Verdades: reconocer el sufrimiento, su origen, su cese y el camino óctuple. Aplicado hoy, invita a la meditación diaria para anclarnos en el ahora, reduciendo ansiedad y fomentando alegría. En una sociedad consumista, esta sabiduría budhista no es solo filosofía, sino una herramienta práctica para la felicidad auténtica. Adoptarla podría transformar vidas, recordándonos que la paz interior surge de soltar, no de acumular.

Tashi Delek para todos y todas.

 

Abelardiando

 

 

Por: Edgar Cabezas

 

La democracia es una invención de la estadística electoral, y, la estadística de las elecciones del 21 de junio, la segunda vuelta por el mandato presidencial del poder ejecutivo, demuestra, según las cifras del resultado, que el electorado se encuentra dividido por partes iguales, por una mínima diferencia entre el candidato de la “patria milagro y salvación nacional”, y el candidato del Pacto Histórico y la alianza por la vida.

El discurso de Abelardo de la Espriella declarándose ganador y presidente de Colombia, posterior al preconteo de votos, conteo rápido y preliminar que realizan los jurados de votación inmediatamente después de cerrar las urnas y su objetivo es informar a la ciudadanía y a los medios de comunicación. Tiene carácter informativo y carece de valor jurídico o vinculante para declarar oficialmente a un ganador.

Dicho espectáculo tradicional debería suprimirse hasta que el escrutinio haya finalizado para que el discurso de la victoria

 

 

 

del candidato ganador constituyera un hecho cierto validado jurídicamente. Pero lo cierto del preconteo de los votos indica que una parte del 63% del pueblo, apto para votar, la mitad más doscientos cuarenta y ocho mil votantes le concedieron el honor de elegirlo como su presidente.

 

La otra mitad de los electores se reconocen como la oposición a su gobierno puesto que no tuvieron el deshonor de elegirlo como su presidente, aunque se supone que la figura del Presidente de la República simboliza la unidad nacional puesto que al jurar el cumplimiento de la Constitución y de las leyes, se obliga a garantizar los derechos y libertades de todos los colombianos, en especial, aquellos derechos y libertades conferidos por el estatuto de la oposición, o sea, a quienes durante su eventual mandato serán sus opositores y contradictores pacíficos , tanto en el congreso como en las cortes, las calles y la selva.

 

Por tal razón, en su discurso tuvo que reconocer que no recibe un país fácil porque es un país dividido entre dos visiones opuestas y que, de no llegar a un acuerdo, harán ingobernable el mandato presidencial durante el periodo de tiempo para el que resulta elegido. Por tal razón, el ganador de la contienda advierte a los seguidores de la “patria milagro”, que él no promete hacer milagros y que, Dios no lo quiera, le tocará conformase con la “patria miseria” que tiene internalizada en su arrogante y altisonante cabeza política.

 

Y es que la verdadera democracia con libertad, orden, seguridad y propiedad se da cuando la humanidad socializada, los productores y consumidores asociados, regulan racionalmente su metabolismo con la naturaleza, y la ponen bajo el control comunitario con el principio de precaución, de manera que en lugar de ser dominados por ella como por un poder ciego o que, en lugar de abastecerles riqueza y felicidad, les origine pobreza y desgracia.

 

La paz antes de ser una paz sin impunidad y con justicia tiene que ser una paz verdadera, una paz con verdad en la que las personas comprometidas en actos contra la vida y los derechos humanos por voluntad propia, confiesan sus actos corruptos y crímenes, una paz de justicia restaurativa que pone en el centro de la justicia a las víctimas, para que los victimarios pidan perdón y se comprometan a no reincidir en conductas delictivas. Hay que aprender a valorar las consecuencias de las palabras y los tonos con que se pronuncian al tenor de los sentimientos de las personas que las escuchan, pues ellas pueden desatar dentelladas de mordiscos que pueden hacer llorar a los hijos de la madre patria a discreción y firme.

 

 

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