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JAVIER GIRALDO MORENO, S.J. CUANDO LA VIDA
SE HACE VOZ DE LOS QUE NO LA TIENEN

Por: OSCAR SUAREZ
Hay muertes que ocurren en silencio.
La de un
hombre mayor podría parecer, a primera vista, una noticia más entre
tantas. Una vida que llega a su ocaso, un corazón que finalmente se
detiene, un nombre que comienza a ser pronunciado en pasado.
Pero hay
hombres cuya muerte no cabe en una esquela.
Hay
hombres que, al morir, dejan una ausencia que no es solamente personal,
sino moral. Hombres cuya existencia fue una manera de preguntarles a los
demás qué hicieron con el mundo que les fue confiado.
Hoy ha muerto Javier Giraldo Moreno, S.J.
Y quizá muchos no sepan quién fue.
Quizá para algunos solamente fue un sacerdote jesuita. Para otros, un
intelectual. Para otros, un defensor de derechos humanos incómodo,
persistente, irreverente frente a los poderes de turno.
Pero para quienes conocieron su trayectoria, Javier Giraldo fue algo
mucho más difícil de encontrar:
un hombre que intentó vivir de acuerdo con aquello que decía creer.
Y eso, en un mundo acostumbrado a separar las palabras de los actos, es
una forma extraordinaria de grandeza.
Los Evangelios dejaron escrita una frase que parece haber sido
pronunciada pensando en hombres como él:
“Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia,
porque de ellos es el reino de los cielos.”
Mateo 5,10.
No sé si Javier Giraldo habría aceptado que alguien lo llamara
bienaventurado.
Probablemente habría preferido que se hablara de aquellos a quienes
dedicó su vida: los campesinos olvidados, las comunidades perseguidas,
los desplazados, las víctimas, los pobres, los hombres y mujeres que no
tenían micrófonos, abogados ni poder para defenderse.
Porque ese fue, quizás, el verdadero sentido de su sacerdocio.
No se conformó con hablar de los pobres.
Decidió ponerse del lado de ellos.
Desde sus primeros años como sacerdote en un barrio pobre de Bogotá
comenzó a mirar Colombia desde abajo, desde el lugar donde casi nunca se
escribe la historia: desde las víctimas.
Su formación intelectual fue extraordinaria. Filósofo, teólogo,
especialista en análisis regional y con estudios en la Universidad de
París, fue también decano de la Facultad de Derecho de la Universidad
Javeriana de Bogotá.
Pero su mayor universidad no estuvo en las aulas.
Estuvo en los caminos.
En los pueblos.
En las comunidades campesinas.
En los rostros de quienes habían perdido la tierra, la familia, la
tranquilidad y, muchas veces, hasta el derecho a contar lo que les había
ocurrido.
Trabajó con el CINEP y en 1988 participó en la creación de la Comisión
Intercongregacional de Justicia y Paz. Fue secretario para América
Latina del Tribunal Permanente de los Pueblos durante la sesión dedicada
a la impunidad y los crímenes contra la humanidad.
Investigó.
Escribió.
Denunció.
Acompañó.
Y, sobre todo, no guardó silencio.
Por eso incomodó.
Porque hay silencios que son cómodos y palabras que tienen un precio.
Javier Giraldo escogió las palabras que cuestan.
Las que pueden cerrar puertas.
Las que pueden provocar enemigos.
Las que pueden convertir a un sacerdote en un personaje incómodo para
quienes prefieren que la Iglesia bendiga el poder antes que
interpelarlo.
Fue crítico de la llamada Ley de Justicia y Paz y denunció vínculos que,
según sus investigaciones, comprometían a estructuras paramilitares,
sectores de las fuerzas armadas y poderes políticos.
Defendió comunidades de Cajamarca, Marmato, del entorno del Quimbo, del
Páramo de Santurbán y de Buenaventura.
Estuvo
exiliado.
Conoció la soledad de quien debe abandonar su tierra por defender
aquello en lo que cree.
Y aun así regresó a la palabra.
A la memoria.
A la denuncia.
A las víctimas.
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Fue integrante de la Comisión
Histórica sobre el origen del conflicto y sus víctimas en el marco de
las conversaciones de paz de La Habana.
Recibió reconocimientos internacionales por su defensa de los derechos
humanos.
Pero quizá ninguno de esos premios explique realmente quién fue.
Porque los premios hablan de las
instituciones que los conceden.
Las víctimas hablan de los hombres que estuvieron a su lado.
Y acaso allí esté la verdadera medida de Javier Giraldo.
Hay algo profundamente doloroso en la muerte de un hombre coherente.
Porque su partida deja un espejo.
Y cuando uno se mira en ese espejo puede sentir vergüenza.
Vergüenza de nuestras pequeñas comodidades.
De nuestras prudencias.
De nuestras palabras cuidadosamente escogidas para no incomodar a nadie.
De nuestra capacidad para contemplar la injusticia y seguir adelante
como si nada estuviera ocurriendo.
Javier Giraldo, con su vida, nos hizo una pregunta que seguirá después
de su muerte:
¿De qué sirve llamarnos cristianos si no somos capaces de ponernos al
lado de quienes sufren?
Ésa quizá sea la razón por la cual su muerte no puede ser solamente un
obituario.
Debe ser también una interpelación.
Porque algunos hombres mueren cuando el corazón deja de latir.
Otros continúan vivos mientras alguien recuerde aquello por lo que
lucharon.
Y hay hombres cuya muerte incluso puede resultar incómoda para quienes,
en vida, tuvieron razones para temerles.
Javier Giraldo perteneció a esa estirpe de sacerdotes que no hicieron
del Evangelio un refugio para la tranquilidad personal, sino una
obligación frente al dolor humano.
Fue, en ese sentido, un sacerdote incómodo.
Un sacerdote indiscreto.
Un sacerdote que no siempre supo —ni quiso— guardar silencio.
Y quizá precisamente por eso su voz fue necesaria.
No creo que su funeral necesite grandes galas.
Ni mitras.
Ni pompas.
Ni discursos solemnes pronunciados por quienes nunca caminaron los
caminos que él caminó.
Hay hombres a quienes no les hace falta un funeral grandioso.
Les basta la memoria de quienes alguna vez encontraron en ellos una mano
extendida.
Quizá Javier Giraldo pueda descansar
finalmente sin tener que mirar hacia atrás.
Quizá pueda dejar por un instante la denuncia, la investigación, los
expedientes, los nombres de los muertos, las historias de los
desplazados, las voces de los campesinos y el dolor de tantas
comunidades Quizá ahora pueda cerrar los ojos.
Y si existe ese cielo en el que tantas veces creyó, imagino que no habrá
allí preguntas sobre sus títulos, sus libros, sus premios ni sus
reconocimientos.
Tal vez solamente le pregunten:
¿Qué hiciste con los pobres que encontraste en tu camino?
Y entonces quizá Javier Giraldo pueda responder:
Estuve con ellos.
Los escuché.
Los acompañé.
Defendí su memoria.
Intenté prestarles mi voz cuando les quitaron la suya.
Y cuando me pidieron silencio, escogí hablar.
Entonces, tal vez, alguien le diga:
“Venid, benditos de mi Padre; tomad
posesión del Reino preparado para vosotros.”
Porque hay muertes que son solamente el final de una vida.
Y hay otras que se convierten en una última lección.
La de Javier Giraldo Moreno, S.J., puede ser una de ellas.
Que descanse en paz el hombre que hizo
de su fe una responsabilidad, de su inteligencia un instrumento de
justicia y de su voz un refugio para quienes casi nunca fueron
escuchados.
Y que
nosotros, los que todavía permanecemos aquí, tengamos la honestidad de
preguntarnos si alguna vez fuimos capaces de hacer, aunque fuera una
pequeña parte, de aquello que él hizo
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durante
toda una vida: ponernos del lado de los que sufren.
Porque quizá ésa sea la única manera verdaderamente digna de despedir a
un hombre que dedicó su vida a la justicia: no solamente llorando su
muerte, sino continuando la pregunta que deja.
Colombia: Una Legislación Pseudo-Terrorista

Por: Cesar Augusto Valencia.
La
legislación colombiana, lejos de ser un instrumento eficaz contra el
crimen organizado y el terrorismo, parece diseñada para garantizar
impunidad y confusión. No es exagerado afirmar que el marco jurídico
vigente es pseudo-terrorista, pues termina protegiendo más a los
criminales que a las víctimas.
1. Condenas mínimas para crímenes
máximos
En Colombia, un terrorista que asesina a 100 personas solo puede ser
condenado por una. Las otras 99 muertes quedan en la sombra de la
impunidad. Este absurdo jurídico convierte la justicia en una
caricatura.
2. Pruebas entregadas a los criminales
La ley obliga a entregar las pruebas a los acusados antes del juicio. El
resultado: testigos desaparecidos, pruebas desvirtuadas y procesos
anulados por “violación al debido proceso”. La justicia se convierte en
un arma contra sí misma.
3. Ausencia de legislación RICO
Mientras en Estados Unidos existe la ley RICO para perseguir
organizaciones criminales, en Colombia los delitos se juzgan de manera
individual. Las estructuras mafiosas quedan indemnes, blindadas por la
fragmentación legal.
4. Proporcionalidad inexistente
Un estudiante que rompe una vitrina puede recibir la misma pena que un
terrorista que explota un camión y mata a 30 personas. La falta de
proporcionalidad degrada el concepto mismo de justicia.
5. Secuestro: todo en la misma bolsa
La legislación equipara el secuestro extorsivo con la retención
comunitaria de policías o funcionarios. Ambos casos reciben la misma
tipificación, lo que diluye la gravedad del crimen y beneficia a los
verdaderos secuestradores.
6. Corrupción: un castigo simbólico
Robar un millón, cien millones o mil millones tiene la misma pena: cinco
años de cárcel. La corrupción, motor del atraso nacional, se castiga con
guantes de seda.
Bien lo decía Darío Echandía: “Colombia es un país de cafres”. La
legislación actual confirma esa sentencia. Mientras no exista
proporcionalidad, mientras las organizaciones criminales sigan blindadas
y mientras la corrupción se castigue con penas simbólicas, Colombia
seguirá atrapada en un sistema jurídico que protege al delincuente y
traiciona al ciudadano honesto.
EL SENDERO DE DHARMA

Por: Gongpa Rabsel Rinpoché
Lama Sammasati para Latinoamérica.
El Tesoro en la Herida
Cargamos
con las ofensas del pasado como si fueran piedras preciosas, cuando en
realidad son solo lastre que agota el espíritu. En mi camino como
practicante de la filosofía budhista, he observado que el mayor
obstáculo para la paz no es el daño que recibimos, sino nuestra
insistencia en revivirlo. Existe una tendencia humana a rumiar la
traición o el dolor, permitiendo que la sombra de quien nos hirió dicte
nuestro presente. Sin embargo, el despertar espiritual nos exige un acto
de alquimia mental: soltar el veneno del resentimiento mientras
rescatamos la sabiduría del evento.
Olvidar el mal no significa amnesia ni debilidad. Es, de hecho, el acto
de valentía más elevado de la mente búdhica. Significa decidir que el
error de otra persona no tiene el poder de definir nuestra felicidad
actual. El Budha enseñaba que aferrarse a la ira es como beber veneno
esperando que el otro muera. Al soltar la narrativa del "me hicieron",
liberamos una energía vital inmensa que antes se perdía en el conflicto
interno.
Pero aquí reside la distinción crucial: el perdón no debe ir acompañado
de la ignorancia. Si olvidas la lección, te condenas a repetir el ciclo.
Cada herida es una maestra severa que nos enseña sobre límites, sobre la
naturaleza impermanente de las relaciones y sobre nuestra propia
resiliencia. Un verdadero budhista no camina por el mundo con una venda
en los ojos, sino con una visión clara. La lección es el mapa que nos
permite navegar por el mundo con mayor discernimiento y compasión,
protegiendo nuestro corazón sin cerrarlo.
Al final del día, la paz llega cuando el recuerdo de la ofensa ya no
genera una tormenta emocional, sino que se convierte en un dato útil
para nuestra evolución. No permitas que el pasado te robe el ahora.
Honra tu proceso, deja ir el nombre del agresor, pero guarda bajo llave
la sabiduría que extrajiste del fuego. Esa es la verdadera libertad:
estar en paz con lo que fue, mientras caminas sabiamente hacia lo que
es.
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